De guardia por Navidad


  • Editorial Univadis
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¡Llegó el 24 de diciembre! ¡Por fin! El único día que se puede cantar eso de “Esta noche es Nochebuena y mañana es Navidad”. Sin embargo, horror, ha sonado el despertador como todos los días, ¿será un error? Me restriego los ojos, apago el despertador y me dispongo a dormir un buen rato más, porque estamos en Navidad. Sin embargo, antes de dormirme de nuevo, me incorporo bruscamente: “¡Oh, no! ¡Si tengo guardia!”. Efectivamente, son las 7 de la mañana y a las 8 tengo que estar en el hospital: me espera una maravillosaguardia de 24 horas el día 24, que parece capicúa pero realmente es una faena.

Una ducha rápida con mal humor, entro en el coche y pongo la radio. Programas navideños de distinta índole, sí, muy simpáticos, pero mejor escucharlos en casa o tomando un café. Por eso del café paro en un bar a tomar un cortado antes de llegar al hospital, porque voy bien de tiempo. Los clientes habituales bromean y felicitan las fiestas a un camarero que parece salido de un anuncio de lotería, con mirada cálida y una simpatía natural intransferible. Tanta Navidad me está empezando a poner nervioso, sobre todo sabiendo a donde voy, como un toro al matadero. Apago la radio del coche y conduzco con gesto serio. Aparco y entro al matadero.

En un trabajo norteamericano se estudió si en Navidad y Año Nuevo aumenta la mortalidad por causas naturales. Se analizaron todos los certificados oficiales de defunción de los EE. UU. durante 15 años, entre 1979-2004 (n = 57.451.944), en diversos entornos hospitalarios, con la finalidad de determinar las tasas mortalidad diarias alrededor de Navidad y Año Nuevo. Se comprobó cómo en Navidad y Año Nuevo la mortalidad por causas naturales se incrementa, tanto antes de llegar al hospital como en urgencias, habiendo más muertes que cualquier otro día. En estas vacaciones se observaron picos en cada uno de los cinco principales grupos de enfermedades (enfermedades circulatorias, neoplasias, enfermedades respiratorias, endocrino-metabólicas y digestivas), y en todos los grupos demográficos, excepto en los niños. En las dos semanas que comienzan con la Navidad se detectó un exceso de 42.325 muertes por causas naturales, que trascienden el aumento habitual durante el invierno. La conclusión del estudio es que la Navidad y el Año Nuevo parecen ser factores de riesgo para la muerte natural causada por muchas enfermedades.

Estos datos dejan claro cómo, si estar de guardia puede suponer una faena, en determinadas fechas la faena se multiplica: por supuesto los fines de semana, pero también las fiestas importantes y las fechas más significativas para el médico. Sin embargo, entre todas ellas, sobresale la Navidad. Por una parte, porque suele ser un tiempo para estar en familia y con los amigos; nos reunimos con los seres queridos y podemos disfrutar de momentos que después se diluyen en la rutina del día a día. Y, por otro lado, porque las guardias durante la Navidad son especialmente duras. Se podría pensar que se debe a que hay menos personal, pero hay más factores: los enfermos, por las fiestas, llevan más días sin ser vistos por sus médicos habituales; es más frecuente la descompensación de las patologías crónicas (cardíacas, respiratorias, neurológicas); son usuales las epidemias de gripe y las toxiinfecciones alimentarias (por esas sanas comidas navideñas).

El conjunto de los factores descritos lleva a que las guardias durante el período navideño sean peores que en otras fiestas vacacionales: se acumulan los pacientes en urgencias, las plantas de hospitalización están saturadas por enfermos atendidos con escasos recursos humanos y, además, muchas veces están de guardia los médicos más inexpertos, los últimos de la fila, que pagan la novatada de incorporarse al sistema sanitario.

Una vez en el hospital, tras recoger el testigo de la guardia anterior, me entra angustia al pensar en el largo día que tengo por delante, mientras me llegan mensajes de felicitación y memes navideños de diverso gusto. Después de sudar la camiseta durante la mañana, al fin llega la comida: ensaladilla con un escuálido langostino, carne en salsa y una tarta seca. Mientras saboreo el menú de Navidad reviso las fotos que me han llegado y pienso en cuán a gusto estaría saboreando el pavo relleno que ha preparado mi hermana, o el tinto Ribera del Duero reserva de 2010 que mi padre ha abierto. Apago el móvil y vuelta a la faena.

Por la tarde, mientras exploro a Andrés, veo que tiene puesta la televisión con un programa de humor en el que aparece el genio de Gila. Nos ponemos a verlo juntos y las carcajadas resuenan por toda la habitación. Andrés es un hombre de 80 años que acaba de ingresar por un derrame pleural que parece tumoral. Como Gila nos ha puesto en sintonía, comenzamos a hablar de esto y aquello. Me cuenta quienes estarán hoy en su casa y que él siempre se encargaba de la cena de Navidad. Mientras me lo cuenta, veo cómo se le escapan unas lágrimas. No puedo evitar sentir pena por él, por verse allí, solo, pasando las que posiblemente serán sus últimas navidades. Sin embargo, Andrés me dice que está contento. Por lo visto sus hijos querían estar en el hospital con él, pero les ha convencido para que pasen el día juntos, como siempre. Dice que así será más feliz. Les llamará y hablará con todos y, por supuesto, se tomará el menú que le han traído de estraperlo. Me explica que así se sentirá más acompañado, sabiendo que los que le quieren estarán en casa brindando por él. 

Hablando con Andrés, por un momento me he olvidado de la angustia que sentía por estar de guardia. Cuando me voy a levantar, Andrés me coge de la mano y, apretándola fuerte, me dice: “muchas gracias doctor, no sabe lo importante que han sido sus palabras”. La verdad, pienso, es que no le he dicho nada. Le he explorado y le he explicado algunas cosas de las pruebas que le han hecho. Sin olvidar a Gila, claro. Al salir de la habitación soy otro. Estoy como hinchado. El pijama blando se me ha quedado pequeño. 

El resto de la guardia pasa rápido y sin incidencias. Estoy contento de estar allí, ayudando a personas que necesitan a un médico, que me necesitan a mí. ¡Claro que me gustaría estar en casa!, pero tengo que agradecer a Andrés que me haya hecho saber lo importante que soy, lo importante que es mi trabajo, especialmente en días como hoy, en los que los enfermos necesitan a un médico más que nunca.