Curar… y acompañar


  • Editorial Univadis
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Desde la medicina hipocrática, en los comienzos de la medicina allá por el siglo IV a.C., se discuten cuáles son los objetivos de la medicina. Y hay algo que siempre ha estado patente: el médico no siempre puede curar, muchas veces apenas puede hacer algo con sus terapias para frenar el curso natural de la enfermedad, y, sin embargo, el médico sigue siendo importante. ¿Por qué? Porque el médico, además de curar, tiene que acompañar. 

Durante la Edad Media la caridad cristiana se trasladó a la medicina. Muchos monasterios convirtieron parte de sus aposentos en hospicios (más adelante hospitales), asistiendo, acompañando, a peregrinos y enfermos sin recursos. En la medicina monacal se aplicaba el aforismo decimonónico de “Curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre”. Era una medicina de la beneficencia, de la caridad, en la que muchas veces lo único que se podía hacer era aliviar y consolar; es decir, acompañar. Cuando se abandona la medicina monacal a finales de la Edad Media y aparecen los primeros hospitales, la medicina de beneficencia resulta insuficiente para atender a todos los enfermos. Sólo los privilegiados disponían de médico privado y la beneficencia apenas llegaba a unos pocos. Al fin y al cabo, todos somos o seremos enfermos y atender a tanto paciente precisa de recursos. 

En la modernidad era habitual en los hospitales restringir el ingreso a los pacientes incurables y moribundos, más aún si carecían de caudal. Fue en el adelantado Reino Unido de la Revolución Industrial, aparentemente tan cruel con los desamparados, donde finalmente se desarrollará una medicina del cuidado y donde ésta acabará por profesionalizarse. Ciertamente había muchas diferencias sociales, pero también más medios que en otros lugares, de forma que el acompañamiento se fue incorporando poco a poco a la medicina. A mediados del siglo XX la médica y enfermera inglesa Cicely Saunders fundará, en 1967, el Saint Christopher’s Hospice, para muchos autores el comienzo de los cuidados paliativos y los hospicebritánicos, trascendentales en la medicina del cuidado. Años después otros territorios seguirán los mismos pasos y en los años 80 y 90 Australia, Canadá y otros países también desarrollarán los cuidados paliativos. A nosotros aún nos quedaba camino por recorrer y, por suerte, la medicina del cuidado finalmente también llegó a España.

Este recorrido histórico ayuda a contestar una pregunta importante: el acompañamiento, ¿forma para de la medicina, de su núcleo esencial? ¿O es una opción, un lujo de medicinas sofisticadas? Porque si es parte de la esencia de la medicina, resulta extraño que la medicina del cuidado y del acompañamiento se date a finales de los años 60 y en España a finales del siglo XX. ¿Realmente se ha estado desahuciando y abandonando a los pacientes incurables hasta hace poco tiempo?

Des-ahuciar etimológicamente significa “quitar la esperanza”. Durante siglos, cuando un paciente no tenía cura se le desahuciaba, quedaba a expensas de su familia y allegados (en la calle los más pobres) hasta que sus días tocaban a su fin. No es que los médicos fueran crueles, sino que verdaderamente, al menos desde el punto de vista clínico, no podían hacer nada. La medicina actual permite diagnosticar y tratar muchos casos antiguamente desahuciados y, cuando no es posible curar, están disponibles los cuidados paliativos. Antiguamente, ni siquiera había cuidados paliativos. Sin embargo, a pesar de los límites técnicos que tenían, muchos médicos se apiadaban de los enfermos. En el conocido libro del médico escocés John Gregory Lectures on the Duties and Qualifications of a Physician (Conferencias sobre los deberes y cualificaciones de un médico), escrito en el siglo XVIII, el autor señala: “Permítanme exhortarlos en contra de la usanza de algunos médicos que abandonan a sus pacientes cuando son desahuciados y cuando ya no es decoroso involucrarlos en más gastos. El deber de un médico consiste tanto en curar enfermedades, como en aliviar el dolor y allanar los caminos de la muerte; ésta es inevitable. Aun en los casos en los cuales su habilidad técnica específica como médico no pueda hacer ya nada más, su presencia y asistencia amistosas puede ser agradable y útil, tanto a su paciente como a la familia”.

Siempre ha habido médicos que han tenido claro aquello de “curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre” o, traducido por el Hastings Center en los años 90, que los médicos para ayudar a los enfermos pueden curar, pero también aliviar, prevenir, y cuidar y acompañar. Muchos médicos saben intuitivamente que el acompañamiento forma parte de la medicina; lo piensan por sí mismos pero, si no es así, lo pueden aprender. No todos hemos nacido aprendidos. La ética del cuidado y del acompañamiento añade valor cuando nos relacionamos con los enfermos. Para acompañar es preciso ver en el enfermo a la persona enferma necesitada de cuidados. Como señalaba Emmanuel Lévinas en Totalidad e infinito (1980), tenemos que partir del encuentro con el “otro”, y si existe ese encuentro no podemos quedar indiferentes. La cercanía o lejanía con el otro, con su rostro, nos afecta y lleva a preocuparse por ese otro.

Parte de la tarea del médico es acompañar al paciente en su paso por la enfermedad. Y no únicamente en casos de patologías incurables o situaciones terminales. El médico tiene que estar al lado del paciente guiándole y dándole apoyo, aunque se trate de un resfriado o de un infarto. Los diabéticos y los pacientes con hepatopatía crónica también necesitan apoyo, y en realidad, cualquier persona enferma. Por su parte, el médico, para poder acompañar adecuadamente al paciente en su caminar, además de verlecomo persona conviene que busque socios ya que, a pesar de que el acompañamiento es parte de su tarea, el médico no lo puede todo. La familia y los allegados del paciente son también buenos compañeros de viaje; para el paciente y para su guía: el médico.