Covid-19: por qué las restricciones de los viajes en España no van a frenar la expansión de las nuevas variantes

  • José Gómez

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La irrupción de nuevas variantes del coronavirus Sars-Cov-2 preocupa a la comunidad científica internacional. Pese a que los investigadores no se cansan de repetir que los virus, desde la gripe al sarampión, acumulan cambios en su secuencia genética de forma natural para propagarse entre la población y que esto no tiene por qué afectar ni a la letalidad ni a la eficacia de las vacunas, la Unión Europea se muestra preocupada por un factor importante: la mayor capacidad de contagio de estas cepas en mitad de una tercera ola como la actual puede tener consecuencias (aún más) nefastas.

El pasado 21 de diciembre, el Gobierno de Pedro Sánchez decidió cancelar los vuelos desde Reino Unido a España, excepto para los ciudadanos españoles y residentes, como alternativa para intentar frenar la expansión de la variante británica, conocida como B.1.1.7., que ha demostrado ser mucho más contagiosa. Hasta la fecha, se exigía a los viajeros que procedían de países que tenían una incidencia mayor de 150 casos por 100.000 habitantes en 14 días un test negativo realizado 72 horas antes del viaje. Después de esta medida y con la incidencia del virus disparada en nuestro país y en los países de nuestro alrededor, han llegado otras para intentar frenar la virulencia de una pandemia que aún está lejos de ser controlada.

Esta no ha sido la única medida que se ha decretado desde que se ha ido conociendo la aparición de nuevas mutaciones del coronavirus. Por ejemplo, hace poco más de una semana, Portugal decidió cerrar la frontera con el objetivo de contener la expansión del virus, que estaba alcanzando unas cifras sin precedentes en el país luso. Así, el pasado 2 de febrero, María Jesús Montero, ministra portavoz del Gobierno anunció que España no dejaría entrar a viajeros procedentes de Brasil y Sudáfrica con el objetivo de frenar la expansión de estas dos variantes que preocupan a los científicos. 

La última petición en este sentido también llegó esta misma semana. La Unión Europea ha recomendado a España imponer una cuarentena, además de la prueba PCR, a los viajeros que lleguen de zonas de alto riesgo, es decir, que procedan de países con una incidencia por encima de 500 casos por cada 100.000 habitantes. Esta cuarentena podría acortarse siempre y cuando se presente una prueba PCR negativa a partir del quinto día de llegada. Sin embargo, la realidad es que la recomendación no ha empezado a aplicarse y para entrar a España desde la mayoría de países basta con presentar una prueba PCR negativa, lo que algunos expertos consideran un grave error desde hace tiempo. 

“No tiene ningún sentido seguir exigiendo a los viajeros sólamente una prueba PCR hecha tres días antes”, explica Vicente Baos, profesor de Patología Médica y Salud Pública de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). El motivo es que una PCR es, en palabras de Baos, “una foto fija que puede no estar actualizada”. Estas pruebas diagnóstico detectan la presencia de material genético del virus (ARN) para determinar si un paciente está infectado en ese momento o no. “Además, hay un mercado de PCR negativas falsas en auge. Al fin y al cabo se trata de un papel que hace alguien, y copiarlo poniendo el resultado que nos dé la gana es bastante sencillo. Otra cosa es que hubiera un registro centralizado, pero eso no existe a día de hoy”, lamenta el experto. 

Efectivamente, la Oficina Europea de la Policía (Europol) envió una orden a los Estados miembro hace solo unos días en la que se alertaba de un nuevo negocio de falsificaciones de PCR negativas cada vez más boyante. Baos es partidario de acabar con medidas como los termómetros de temperatura en los aeropuertos, o la exigencia de este tipo de tests que muchos especialistas han bautizado como “populismo epidemiológico” ante su escasa eficacia para frenar la transmisión del virus. 

En cambio, sí aboga por establecer restricciones claras, a imagen y semejanza de lo que se hace en países como China, Nueva Zelanda o Australia, donde estos días se celebra el Open de tenis y se han podido ver imágenes con las gradas llenas de gente sin mascarilla. “Si queremos cortar de raíz la circulación de variantes, hay que llevar a cabo restricciones claras. Debería realizarse una prueba PCR a la llegada, aislarse a los viajeros hasta obtener el resultado, en función del periodo de incubación, y además debería secuenciarse el genoma en el caso de que dieran positivo para saber si se trata de una cepa u otra del virus”, comenta el experto. 

El profesor de Salud Pública de la Universidad Autónoma de Madrid sí ve con buenos ojos que se imponga una cuarentena de entre 10 y 14 días a los viajeros que lleguen a España o que viajen desde nuestro país a otras zonas de Europa afectadas por la pandemia, y que la duración de la misma pueda acortarse si se presenta otra prueba PCR negativa a partir del quinto día. “El periodo de incubación medio es de cinco días, así que si al menos se pasa aislado ese tiempo y además se hace una PCR, la probabilidad de detectar a un positivo es mayor”. De esta forma se estarían aislando, controlando, y registrando los posibles casos de una forma más efectiva y similar a lo que se ha hecho en los países que mejor han controlado la pandemia. 

En cualquier caso, las nuevas recomendaciones no han comenzado a aplicarse y puede que queden en papel mojado si el Gobierno no las toma en consideración con premura. Además, es posible que las nuevas restricciones no sean suficientes para evitar la propagación de las nuevas variantes ya que la entrada de personas a través de los aeropuertos supone una parte ínfima de todo el caudal de viajeros que circula a través de las distintas fronteras de la Unión Europea. “Si está permitido el tráfico por carretera sin ningún tipo de restricción, da igual que controles a uno o a cincuenta en un aeropuerto, porque no está prohibido el paso”, finaliza Baos.