COVID-19 en el África subsahariana francófona. Parte I: Observaciones

  • Pr Jacques Barrier
  • 10 abr. 2020

  • Editorial
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Reflexiones sobre el confinamiento por la pandemia

Las medidas de prevención son esenciales para romper la cadena de transmisión. La más eficaz es el distanciamiento social entre las personas infectadas o posiblemente infectadas y aquellas que no lo están. Sin entrar a debatir más sobre la distancia preferible (1 m o 1,50 m), el valor de los distintos tipos de mascarillas según su supuesto rendimiento o los grupos de población que deben llevarlas, el confinamiento autoritario global ha sido la medida principal. Se impuso desde el principio en China y Europa con el objetivo de ralentizar la evolución de la pandemia, permitir la implementación a tiempo de la protección sanitaria y de estructuras de atención médica, así como proteger a las personas frágiles.

Los medios técnicos que se puedan introducir para la prevención y el tratamiento (camas en la UCI, mascarillas, guantes, pruebas diagnósticas, etc.), así como el personal de enfermería, son de vital importancia. Este problema no es específico de África, pero, ¿cuáles son las soluciones satisfactorias en los países en vías de desarrollo con escasos recursos económicos y un número reducido de trabajadores sanitarios? (por ejemplo, las estructuras hospitalarias en Kinsasa, una ciudad de casi 12 millones de habitantes, solo contaban con unos cincuenta respiradores al principio de la epidemia).

La organización del distanciamiento social está siendo difícil en muchos países africanos. Muchos países decidieron ya desde el principio cerrar las escuelas y las universidades como primera medida (por ejemplo, a principios de marzo en Senegal). Los siguientes pasos fueron medidas autoritarias de confinamiento o incluso toques de queda. Los toques de queda se impusieron rápidamente (p. ej., muy pronto en Costa de Marfil, Burkina Faso y Senegal).

Aparentemente, hubo una relativa aceptación en los círculos pudientes. En los grandes núcleos urbanos, el confinamiento de las personas de edad avanzada procedentes y de grupos con un nivel sociocultural más elevado parece ser espontáneo, a través de la responsabilidad personal, a pesar de las dificultades de regulación social y profesional. Debe recordarse que la posibilidad de teletrabajar aún está reservada para la élite de grandes núcleos urbanos (administraciones y grandes empresas).

La implementación ha resultado complicada y a menudo imposible en zonas de clase obrera, especialmente en el medio rural, por motivos culturales y económicos.

A nivel cultural: La vida en común en África es fundamental. En las culturas populares del tacto y la oralidad, ¿cómo puede mantenerse cierta distancia entre las personas, cuando la negación del contacto se vive como un insulto? Cuando comemos del mismo plato juntos. Cuando creemos que el individuo aislado está en peligro y que solo el grupo puede salvarnos.

A nivel económico: las medidas de confinamiento global se rechazan por motivos existenciales en países donde la economía la integra principalmente el sector informal. Un testimonio resume el problema: “En Senegal, una gran parte de la población vive al día, se ve obligada a desplazarse y a conseguir alimento para sí y para su familia en actividades diarias. Las consecuencias económicas y nutricionales del confinamiento serían enormes para esta población”.Hay muchos testimonios, más o menos vehementes, en contra de obedecer a las autoridades y del cierre obligatorio de tiendas u otros establecimientos comerciales. En la práctica, en casi todas partes, los mercados de los pueblos y de las grandes ciudades siguen funcionando, porque son indispensables para la vida y la supervivencia de la población. Algunas medidas simbólicas se aplican sin ningún problema: en Mali, antes de entrar a las tiendas y salir de ellas, es obligatorio lavarse las manos, algo que es imposible en los mercados.

La población es joven en África. Estos jóvenes no son muy receptivos a las medidas restrictivas. Por poner un ejemplo, la población de Madagascar es una población joven, con una edad promedio inferior a los 20 años; la mayoría ya están trabajando y se resisten inmediatamente a la simple idea del confinamiento.

Además, ¿cómo pueden aplicarse estas decisiones autoritarias en el entorno rural? De hecho, las fuerzas del orden son insuficientes o incluso inexistentes, lo que supone otro obstáculo. Esta deficiencia hace que las fronteras interurbanas e internacionales sean muy permeables.

También hay un miedo económico en las primeras etapas de las economías liberales o planificadas. Hay diferencias entre los políticos que abogan por salvaguardar la actividad económica a toda costa o por hacer una pausa o reconstruir el sistema económico (sic). Algunos gobiernos africanos insisten en la necesidad de mantener viva la economía porque “solo los países occidentales pueden permitirse suspender la actividad económica organizando un confinamiento prolongado hasta el final de la crisis”.

El transporte público, que es indispensable para la mayoría de los africanos para cualquier desplazamiento (autobuses, minibuses), supone un verdadero problema a efectos del distanciamiento social. Aunque puede haber prohibiciones absolutas de viajar fuera de las ciudades, o en algunas rutas importantes, el transporte urbano comporta un problema de incomprensión con respecto a las dificultades de la vida cotidiana (este punto lo destacan la mayoría de los miembros del grupo).

La vuelta a los pueblos trastorna la puesta en marcha del confinamiento: mientras siga siendo una posibilidad, mientras las carreteras permanezcan abiertas, se observarán avalanchas de personas desde las grandes ciudades muy pobladas (por ejemplo, en Abiyán cuando se anunció el confinamiento) hacia los pueblos de origen (uno puede imaginarse la posible propagación del virus...). No se trata simplemente de un deseo de volver a la naturaleza ni está motivado por una mejor subsistencia o supervivencia, dado que regresar al pueblo, a la comunidad de origen, a la familia, siempre ha sido importante en la cultura africana cuando surge un problema, existencial, personal o colectivo.

El respeto por los ancianos, los portadores de la palabra y los maestros de las costumbres y la palabrería, ha mantenido una importancia social casi en todas partes. Son ellos, los hombres sabios, los que están en peligro. El profundo respeto por las personas de edad avanzada es real en algunos países, pero las consecuencias pueden ser opuestas. Por ejemplo, se invita a las personas mayores de 60 años a dejar de moverse por Benín, lo cual es una buena medida. Sin embargo, no se pueden evitar los funerales (la importancia del rito ancestral porque “los ancestros son más importantes que la enfermedad”), lo cual supone un problema importante (falta de distanciamiento social, contacto con el difunto). Por supuesto, se deberá evitar la proximidad al final de la vida y durante los funerales; hemos visto que a menudo no ha sido posible con la enfermedad del Ébola. Cabe destacar que se ha decidido limitar el número de personas que pueden asistir a un funeral (p. ej., aproximadamente 20 en Costa de Marfil, que ya es mucho).

Se ha observado que las zonas que han experimentado brotes anteriores (p. ej., de cólera o ébola) se adaptan con mayor facilidad a los confinamientos o los toques de queda.

Consecuencias psicosociales inmediatas del confinamiento, que ya están apareciendo en varios países africanos.

Desde el principio, el confinamiento general impuesto por las autoridades ha sido muy difícil, si no imposible, en muchas zonas de los países africanos, las zonas periféricas masificadas de los principales núcleos urbanos y las zonas rurales.

Parte II: Recomendaciones