¡¡¡Cáspita!!!


  • Editorial Univadis
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“¡Me cachis en la mar! ¡pásame el bisturí!”. No es que el nombrado estudio tenga mucha validez para saber qué especialistas son los peor hablados, pero es prácticamente el único estudio diseñado para averiguar si los médicos blasfemamos y maldecimos. El estudio, realizado con cinco especialidades quirúrgicas, pretendía determinar qué cirujanos eran los peor hablados. Tras estudiar 100 intervenciones quirúrgicas, se observó cómo durante la cirugía (por orden de mal hablados) los traumatólogos, los ginecólogos y los urólogos eran los que decían más palabrotas. En este curioso estudio, llevado a cabo durante 80 horas y 30 minutos, los profesionales decían una palabrota cada 51,4 minutos de media. Los traumatólogos soltaban un taco en menos de media hora (cada 29 minutos), prácticamente el doble que los cirujanos generales. Los que empleaban un lenguaje más obsceno eran los ginecólogos, quién sabe si por la idiosincrasia de su especialidad. En cuanto a los más educados, si así podemos considerar a los que dicen menos palabrotas, fueron los otorrinolaringólogos.

Decir palabrotas… ¿es sano y nos libera del estrés, o genera mal ambiente y es signo de mala educación? Como casi todo está estudiado, encontramos bibliografía defendiendo las dos posibilidades. En un conocido artículo (Feldman et al., 2017), se valoran tres estudios para explorar la relación entre las blasfemias y la honestidad. El primer estudio valora la blasfemia y la honestidad sobre una escala (n = 276); el segundo es un análisis lingüístico sobre las interacciones sociales en la vida real estudiando Facebook (n = 73.789); y el tercero considera los índices agregados de blasfemias e integridad en los Estados de Estados Unidos (n = 50 estados). Feldman et al. encuentran una relación positiva consistente entre la blasfemia y la honestidad: la blasfemia se asocia con menos mentiras y engaños a nivel individual, así como con mayor integridad a nivel social. Según estos trabajos, blasfemar y decir tacos podría ser positivo. 

Si continuamos con el argumento de que soltar un taco de vez en cuando puede estar bien, habría que especificar dos cosas: qué taco y en qué momento. Dos estudios examinaron las palabrotas según su severidad (leves, moderadas o severas) y el contexto. Las palabrotas leves y moderadas se consideraban más apropiadas en determinados entornos y contextos, mientras que las severas resultaban inapropiadas, independientemente del contexto. Por tanto, aunque valoremos positivamente la palabrota, habría que medir su grado de severidad y, sobre todo, considerar el contexto en el que se dice.

Como nuestros editoriales están destinados a profesionales sanitarios que trabajan con enfermos, debemos tener en cuenta también qué efecto tienen las palabrotas en los pacientes. Hay investigaciones que sugieren que blasfemar puede moderar la percepción del dolor. En un estudio se observó cómo las palabrotas aumentan la tolerancia al dolor y que la hipoalgesia mediada por palabrotas sucede independientemente de los antecedentes culturales de los participantes (fueran de origen asiático o caucásico). En el estudio se sugiere que la modulación de la percepción del dolor puede ocurrir a través de la activación de mecanismos descendentes inhibitorios del dolor neural.

Las interpretaciones que se han dado a estos estudios que señalan lo positivo que puede ser decir palabrotas son variadas: las blasfemias y tacos constituyen un lenguaje tabú, y al expresarlas se produce una liberación; las palabrotas articulan sentimientos que no pueden ser expresados de otra manera y sería peor mantenerlos constreñidos, son una manifestación de la libertad individual, etcétera. 

Como no pretendemos hacer una loa al taco, ni tampoco a los cirujanos malhablados, ahora toca hablar de los argumentos ´científicos´ en contra de las palabrotas. Habría que empezar diciendo que el citado artículo de Feldman et al. ha recibido numerosas críticas, tanto metodológicas como a través de otras investigaciones, las cuales contradecían la posible relación entre blasfemar y ser honesto. Por otro lado, existen trabajos que muestran cómo decir palabrotas puede ser sencillamente una manifestación de mala educación y de agresividad. Se han realizado investigaciones con jóvenes que revelan una relación entre las palabrotas y determinados comportamientos inadecuados. En un estudio con 223 adolescentes del medio oeste norteamericano, se observó una asociación positiva entre la exposición a la blasfemia (a través de múltiples medios) y las creencias sobre la blasfemia, así como su uso y la participación en agresiones físicas y relacionales. 

Y es importante considerar un argumento que siempre estará enfrente de los malhablados: una palabrota, una maldición o una blasfemia suele dirigirse contra algo o contra alguien y, aunque en ocasiones constituyan una mera muletilla o se utilicen de forma jocosa, a otros pueden resultarles hirientes.

Si intentamos extraer alguna conclusión práctica, tendríamos que decir que, si se expresa una palabrota, antes hay que medir su grado (no todas son iguales) y el contexto. En medicina el contexto es siempre sensible, por lo que, salvo en situaciones donde resulte inevitable, los médicos debemos evitarlas. En la vida privada es diferente, porque tanto el contexto como nuestro rol cambian.