Buen médico; y médico bueno


  • Editorial Univadis
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¿Qué prefieres, un médico que te coja la mano mientras te mueres, o que te salve la vida un médico desagradable?” Este dilema planteado por el Dr. Gregory House en la serie House M.D. (2004-2012), supone que los médicos tienen que elegir entre ser humanos y cercanos o, por el contrario, ser competentes como profesionales. ¿Es posible compatibilizar estas dos almas del médico, la humana y la científica?

La medicina es, en parte, una ciencia natural, pero convive con otras ciencias formales y sociales, así como con materias no científicas, muchas de las cuales se encuadran dentro de las humanidades (psicología, sociología, ética, etcétera). Esto se debe a que el ser humano enfermo es una realidad muy compleja, que trasciende y desborda a su propia naturaleza psicofísica. La medicina es una disciplina científica, pero también forma parte de las humanidades. En el dilema que plantea el Dr. House pareciera que hubiera que escoger entre ser un buen médico, con cualificación científica, o un médico bueno, humano y comprensivo con el sufrimiento. 

Las humanidades son importantes para el médico porque nos ponen en contacto con lo más profundo del ser humano, con sus deseos, miedos, pasiones y sueños. Hacen que seamos buenos médicos y médicos buenos, rompiendo el dilema del Dr. House. La importancia de las humanidades en la medicina y para el médico ha provocado que muchos médicos, interesados por entender y acercarse al enfermo, se hayan aproximado a las humanidades, considerando que también puede ser un camino de ida y vuelta: alguien con sensibilidad por los grandes problemas humanos se introduce en las humanidades y acaba convirtiéndose en médico, precisamente porque le importa lo humano.

Hablando de humanidades y medicina, de compatibilizar ser buenos médicos y médicos buenos, tenemos un modelo que no se puede olvidar: Gregorio Marañón. Médico clínico de talento, investigador y editor de numerosos textos científicos, Marañón era además un médico muy humano. Cercano y comprensivo con sus pacientes (empático, se diría actualmente). Sus facetas de escritor, crítico de arte, historiador o meditador filosófico seguramente le permitían acercarse aún más a los enfermos, entenderles y darles confianza.

Una pregunta habitual cuando se debate la capacidad empática y de establecer relaciones de confianza del médico es si esta capacidad se trae de la cuna o bien se puede aprender. Seguramente muchos médicos son humanos porque lo traen de casa. Serían igualmente humanos si se hubieran dedicado a la banca o si fueran conductores de autobús. Otros, por el contrario, tienen serias dificultades para establecer relaciones humanas. Estos médicos pueden tener problemas si se dedican a la clínica, por lo que incluso podría ser aconsejable que trabajaran en especialidades no clínicas (diagnóstico por imagen, laboratorio o medicina preventiva, por ejemplo). Sin embargo, ya sabemos que el sistema MIR no discrimina por capacidades y cualidades personales, sino que sólo diferencia quien realiza mejor exámenes tipo test. Habría un tercer grupo de candidatos a médico: aquellos que no llegan la residencia con las cualidades humanas de la profesión desarrolladas, pero pueden aprenderlas. Posiblemente se trata del grupo más amplio de estudiantes y residentes, grupo con el que hay que trabajar para que sean conscientes de la importancia de que ser humanos y de que, además de aprender a realizar paracentesis o a sondar, pueden aprender también a informar y a dar malas noticias.

El médico humano tampoco es perfecto y tiene ciertos riesgos. Por ejemplo, no saber marcar límites con los pacientes, convirtiendo su relación profesional en una relación excesivamente amistosa. Esto puede tener consecuencias negativas, ya que el paciente puede malinterpretar al médico y sobrepasar los límites de la relación profesional, o bien el médico se puede sobrecargar excesivamente con los problemas del paciente, clínicos y de otra índole. Para abordar de esta cuestión, en el MIR de 2015 se planteó la siguiente pregunta, que dejamos que los lectores contesten:

Juan, residente de segundo año, atiende en urgencias a Sofía, una muchacha de 15 años que, al parecer, se ha desmayado en la escuela sin llegar a perder la conciencia. La paciente cuenta que estaba pendiente de realizar un examen, lo que le causaba mucha ansiedad. Por el interrogatorio, parece entreverse una situación de cierto acoso por parte de sus compañeros y la posibilidad de que sufra un trastorno alimentario. Las constantes vitales y la exploración neurológica son normales. Juan mantiene a Sofía en observación a la espera de que sus padres acudan al servicio echando, periódicamente, una ojeada a cómo se encuentra la paciente. Tras el susto inicial, la paciente parece encontrarse cada vez más animada y es muy simpática. En una ocasión, Juan la encuentra chateando activamente con su móvil. Juan le indica que sería mejor que dejase el móvil y descansase y, para tranquilizarla, le cuenta que él también utiliza mucho las redes sociales desde la facultad. Sofía pide perdón por desconocer que tenía que tener el móvil apagado, y tras apagarlo, le pregunta si podrá hacerle una solicitud de amistad en Facebook. ¿Cuál cree que es la mejor respuesta de Juan?:

  1. Decirle que haga la solicitud de amistad y que la aceptará, pues está seguro de que en su página no hay elementos inapropiados para una chica de la edad de Sofía.
  2. Dado que considera a Sofía una paciente vulnerable, y le preocupa que pueda interpretar mal un rechazo, aceptar que haga la solicitud, pero solamente permitirle el acceso a determinados contenidos de su página.
  3. Contestarle que es importante mantener unos ciertos límites profesionales entre pacientes y facultativos y que, desafortunadamente, si hace la petición, no podrá aceptarla, por lo que mejor que no la haga.
  4. Decirle que haga la petición, pero sin intención de aceptarla.

La respuesta correcta es… la tres. La primera opción podría llevar a que la relación profesional, humana y científica, se desvirtúe por darle demasiada confianza a la paciente. Las restantes no merece la pena comentarlas, porque ante todo debemos ser veraces.

Como el dios romano Jano, representado como una cabeza con dos caras, una mirando a oriente y otra a occidente, ciencia y humanismo parece que miran a sitios opuestos, pero en realidad comparten una misma cabeza, la del médico. El buen médico tiene que intentar aproximar estas dos ramas del conocimiento, ciencia y humanidades. No debemos olvidar que Jano es también el dios de las puertas y de los comienzos, de manera que no hay que renunciar a la apertura, a la mutua comprensión entre la ciencia y la humanidad. El dilema de House M.D.en realidad es un falso dilema, y el médico que no es humano, además de no ser un médico bueno, tampoco es buen médico.