Autopsia judicial: una práctica humana

  • Ángel Benegas Orrego
  • Editorial
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No sabía muy bien cómo enfocar este texto pero sí que sabía que debía hacerlo. Aquellos que me conocen saben que la esencia humana del ejercicio profesional de la medicina es algo que me fascina. Me parece algo destacable de nuestra profesión que, a pesar de conocer pronósticos y utilidades de muchos tratamientos, sigamos luchando día a día contra la muerte. 

Por ello, admiro y destaco la labor de nuestros compañeros, los Médicos Forenses ya que se enfrentan al tabú de la muerte a diario. Lo hacen sin perder la humanidad que en muchas ocasiones se añora en la vida, sin perder las características que la comunicación médica debe tener. Lo hacen sabiendo que mucha gente no entiende su profesión: “si la labor del médico es salvar vidas, o mejorar la calidad de vida, por qué existen profesiones que estudian más allá”. 

Durante más de siete años he asistido periódicamente a la realización de esta práctica clínica: la autopsia. Esta palabra hace referencia al estudio y análisis de los órganos y tejidos corporales con el fin de conocer el mecanismo de muerte y esclarecer así la causa de la misma. En muchas ocasiones, la muerte es algo repentino e inesperado y, en nuestra condición de personas, necesitamos darle una respuesta con el objetivo de  alcanzar cierta “paz mental”. 

Nunca olvidaré la primera autopsia judicial a la que asistí. Se trataba de una mujer, de unos 38 años, que había fallecido el día anterior. Ya cuando entré en el Instituto de Medicina Legal (localización autorizada para la práctica de este procedimiento) me inundó un sentimiento nunca antes experimentado y de difícil definición. Sentía por una parte curiosidad y ganas de aprender de esta profesión, y por otra inquietudes sobre cómo sería realmente el proceso que, hasta ahora, solo había visto en películas y series. Pero por otra parte sentía tristeza y abatimiento. Te cruzas con familiares totalmente destrozados y abatidos ante la marcha de un ser querido de forma repentina e inesperada. Familias que pasan a desestructurarse en cuestión de segundos, familiares con la mirada perdida intentando encajar todo lo sucedido y buscando una explicación a lo ocurrido. 

Ya dentro de la sala de autopsias, bajo la atenta mirada de un forense totalmente experimentado, da comienzo el procedimiento. Creedme cuando digo que nunca antes había visto el trato tan humano y real que existe en dicha sala. El respeto hacia la vida que había tenido el individuo. El silencio se tornaba cómodo, todo el mundo trabajaba sin descanso para culminar el procedimiento en el menor tiempo posible y poder acabar así con el sufrimiento que genera al resto de la familia el pensar en la práctica de la autopsia. 

Una vez finalizado, si el médico forense así lo decide, se informa a la familia de los resultados obtenidos. En esta ocasión, se explicaron los hallazgos de la autopsia, una muerte de etiología médico-legal accidental, y se entregó el cuerpo para su velatorio y posterior enterramiento o incineración. Este acto, el informar a los seres cercanos, ha sido el acto más humano al que me he enfrentado durante toda mi carrera profesional. Es un momento en el que el responsable del estudio comunica lo evidenciado y en el que se muestra totalmente compungido ante unas personas que solo quieren saber más y más, que solo quieren obtener respuestas a preguntas que, en numerosas ocasiones, son incontestables. 

Un médico forense aporta datos objetivos: hemos encontrado una disección aórtica, hemos visto un trombo intracardiaco, hemos visto un gran infarto de miocardio… pero en muchas ocasiones se les exige un poco más con preguntas como ¿qué estaba pensando cuándo lo hizo?, ¿por qué lo hizo? ¿estaba sonriendo?, ¿ha sufrido? Y ahí se paraliza el mundo. Son segundos que parecen horas hasta que, de la forma más médica y humana posible, se intenta dar respuesta a las preguntas planteadas con el objetivo de tranquilizar. 

Para la sociedad la muerte supone un tabú pero no podemos dejar de ver esa perspectiva en la que la muerte no es más que un periodo y una fase de la vida. Todos sabemos que vamos a morir, y es la única certeza que tenemos. 

La humanidad que deben poseer los médicos forenses debería ser digna de estudio y extrapolación al resto de la profesión médica, y al resto de profesiones sanitarias, para poder tratar al paciente, ya sea en vida o una vez fallecido, con la dignidad y el respeto que se merece. 

Ángel Benegas Orrego. Médico General.