Ante todo, médicos


  • Editorial Univadis
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Los médicos actualmente son muy valorados por sus conocimientos especializados. No solamente entre los usuarios del sistema de salud, sino también entre los propios compañeros. Pareciera que tiene más valor saber mucho de algo concreto que tener un conocimiento global de la enfermedad y, en definitiva, del enfermo. Sin embargo, hemos de tener muy presente que todos los que ejercemos la medicina somos, antes que otra cosa, médicos. Esto, además de saberlo, tendríamos que ponerlo en práctica, sobre todo por el bien de nuestros enfermos.

La idea de la truncada troncalidadera poner en práctica una formación global que todos deberíamos tener. Había motivos económicos a favor de la troncalidad, porque en los países donde existe formación troncal (en Norteamérica y en muchos países europeos), la medicina y la gestión de recursos humanos es más eficiente; también había motivos asistenciales, ya que se pretendía que la actividad profesional no estuviera troceada, que el trabajo de un especialista no distara tanto del de otro. Poniendo un ejemplo, si pensamos en un enfermo de 87 años con insuficiencia renal, posiblemente no sea manejado igual por un nefrólogo que por un geriatra, aunque el enfermo es el mismo. Pero la troncalidad, con sus ventajas y desventajas, se ha ido al traste.

En general, la actual formación MIR lleva a que un residente comience pronto a especializarse y, muchas veces, a sub-especializarse. Y, dado que la carrera de medicina tampoco da una verdadera formación práctica global, nos encontramos con que a muchos jóvenes especialistas apenas podemos preguntarles por cuestiones que no sean sensu strictomateria de su especialidad. La superespecialización, y el consecuente desprecio del abordaje integral, ha generado numerosos aforismos y chistes (“¿Dónde esconderías un electrocardiograma a un traumatólogo? En la historia clínica”), aunque la idea de que el médico generalista no termina de conocer bien los problemas tampoco ha quedado ajena a bromas (“El internista es un océano de sabiduría… pero con un dedo de profundidad”). Muchas veces pareciera que existe cierta rivalidad y susceptibilidad entre generalistas (médicos de familia, internistas, geriatras, pediatras, intensivistas) y médicos órgano-específicos.

La solución a esta disputa, especializarse de manera que se pueda dominar una materia o conservar la idea global del enfermo para abordarlo integralmente, no es sencilla. El sistema sanitario debería estar organizado para que ambos, médicos generalistas y más especializados, sepan compartir conocimientos y, sobre todo, trabajar juntos por el bien de los enfermos. Pero no resulta sencillo. Ayudaría a ello un sistema formativo que realmente facilite a todos una formación global práctica, empezando porque la carrera no sirva sólo para instruir a los alumnos sobre cómo responder muchas preguntas tipo test de cuatro opciones en poco tiempo. Y es que el actual sistema formativo prepara a los estudiantes de forma excelente para sabercosas, lo que es muy distinto de aplicarlas en la compleja realidad.

Sobre esto último se ha reflexionado mucho: desde Aristóteles, el maestro de la sabiduría práctica, que en la Ética a Nicómaco indicaba cómo “si uno sabe así, comúnmente, que las carnes ligeras son de buena digestión y provechosas para el cuerpo, y no sabe qué carnes son ligeras, ninguna salud dará al cuerpo”; hasta Søren Kierkegaard, que firma un texto muy elocuente sobre la formación práctica en sus Discursos edificantes. Tres discursos para ocasiones supuestas: “Imaginemos al capitán de una nave que ha aprobado todos los exámenes con nota, pero que hasta ahora no ha salido a la mar. Imaginémosle en una tormenta: sabe todo lo que debería hacer, pero hasta ahora no ha sabido cómo el terror se apodera del marino cuando las estrellas se pierden en la negrura de la noche; no ha conocido la sensación de impotencia que surge cuando el capitán ve la rueda del timón entre sus manos convertirse en juguete de las olas; no ha sabido cómo la sangre se sube a la cabeza cuando se intenta hacer cálculos en un momento así; en otras palabras, no ha tenido idea ni concepto del cambio que ocurre en el conocedor cuando tiene que aplicar su conocimiento.”

Después de estas reflexiones, hagamos caso de Aristóteles y Kierkegaard y vayamos a lo práctico: la formación médica actual es excesivamente teórica y cuando llega la parte práctica (el MIR y el posterior ejercicio profesional), se generan médicos generalistas que trabajan muchas veces distanciados de otros excesivamente especializados, ya que el actual sistema les hace olvidar que, antes de nada, son médicos. Hace un año publicamos el editorial “¿Qué es un médico?”, donde explicábamos que el término médico es una palabra latina (medicus) proveniente del verbo mederi-medeor, que significaba cuidar, curar, tratar o sanar. De este término deriva también meditari, es decir, meditar. Mederiprovenía, a su vez, del griego medomaiy este de la raíz indoeuropea med-, que quería decir tomar medidas. Según todo esto, señalábamos que un médico es aquel que cuida, cura y sana, pero que, además, medita. Por tanto, el médico no practica su arte curativo desde el impulso, sino desde la reflexión.

Para que un médico realice bien su trabajo (cuidar y sanar) debe meditar con cada paciente para averiguar qué es lo prioritario y para ello es esencial tener una buena formación general que sea práctica; que no consista únicamente en saber responder preguntas tipo test. 

Llegados a este punto, es momento de reivindicar al médico de familia. Es cierto que los otros médicos generalistas (pediatras, internistas, geriatras, intensivistas) son importantes, pero todos ellos tienen un área de especialización, e incluso el internista puede dedicarse a las enfermedades infecciosas o el pediatra a neuropediatría. Ha quedado patente que la troncalidad no vendrá a corregir las deficiencias que inevitablemente se han generado en nuestro sistema de especialización. Pero indudablemente sería necesario instaurar cierta sensatez en él, para que un mismo enfermo, tratado por un médico de familia y por un nefrólogo, sea abordado desde una óptica común. Y no nos referimos a que el médico de familia deba actualizarse pues, como cualquier médico, debe hacerlo, sino a que el nefrólogo comprenda globalmente la problemática del paciente y sepa, además, compartir su manejo con el médico primordial para el enfermo: el médico de familia. Para que no nos regañen Aristóteles y Kierkegaard, finalizamos con un consejo práctico: con o sin troncalidad, todos los estudiantes y residentes de medicina deberían tener una rotación de al menos tres meses en medicina de familia. Así nunca olvidarán que, ante todo, somos médicos.